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Valruspines Edicions

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Conducir es una mierda - un relato translúcido


 —Conducir es una mierda. 

Dio un volantazo para cambiar de carril. 
 —Te lo digo de todo corazón. Conducir es una mierda. 
Volvió al carril anterior con un nuevo golpe de volante. 
 —Es que ya les vale, joder. ¿A quién se le ocurre dejar sueltos a todos los paletos del mundo a la misma hora y en la misma carretera? 
El hecho de ir conduciendo en contradirección parecía que era un detalle sin importancia, pero Max no podía evitar pensar que quizás tuviera algo que ver con la dificultad de la conducción. 
 —Vas en dirección contraria. 
 —¿Qué cojones dices? —Toni esquivó un vehículo y se salió al arcén para esquivar otro— El punto de encuentro está en esta dirección. 
 —OK, te lo explicaré de otra manera. Aunque vas en la dirección correcta, conduces en el sentido equivocado de la carretera. 
 —Ya lo sé, listillo. Pero conducir es una mierda, ¿te lo había dicho ya? —Saltó la mediana con un nuevo volantazo— Si no le doy un poco más de emoción podría morirme de aburrimiento. ¿Ya estás más tranquilo? 
Cuando las orejas le dejaron de reverberar de los cientos de bocinas que llevaba rato sufriendo, Max sacudió la cabeza y apuntó al velocímetro. 
 —Bueno. Ahora vas a cincuenta por el carril de la izquierda de la autopista. Estás generando cola y ya he oído al menos dos choques. 
 —Hostia, pavo, eres un puto quejicas, ¿eh? 
Por suerte, se acercaban a la salida que les tocaba usar y dejarían atrás las hordas vehiculísticas. La rampa de desaceleración daba un giro de trescientos sesenta grados y convergía en una carretera pequeña y mal señalizada que corría un par de kilómetros por debajo de la autopista. Después empezaba a distanciarse y a adentrarse en un bosque. La carretera acababa convertida en una pista de tierra y polvo que parecía ir empequeñeciendo por metros. Max tenía claro que había algún tipo de magia o tecnología alienígena o sabediós que impedía a los normales tomar la salida de la autopista. El lugar al que se dirigían no era para gente corriente. Toni detuvo el coche justo donde la pista desaparecía entre dos árboles, convertida en una senda apta solo para ir a pie. 


 —Creo que voy a desnudarme ya —dijo Max empezando a desabrocharse la camisa—. Ya llevo un buen rato cristalizando y no quiero problemas de ropa adherida bajo las piedras. 
 —Tú lo que eres es un exhibicionista, pero yo te entiendo, también necesito liberar las partes más tiernas. 
Ambos fueron dejando piezas de ropa mientras recorrían la senda entre los árboles. Max lucía buena parte del pecho y casi toda la espalda convertida en un mural de cristales de diversos colores. Toni tenía una pierna cristalizada casi por completo y parte del cuello y los hombros también. A través de los cristales más translúcidos, se apreciaban los órganos internos. Los pulmones de Max se llenaban y vaciaban al mismo tiempo que el material del que estaban hechos se iba convirtiendo también en cristal. 
 —¡Joder, Max! Te veo el corazón latiendo. 
 —Y yo veo tu vejiga llena. ¿No deberías vaciarla antes de llegar? 
Toni agarró su pene aún de carne con una mano que tenía más dedos minerales que carnales y soltó un chorro de orina apuntando a las raíces del árbol más cercano. Max observó cómo el líquido iba recorriendo el miembro de su amigo, que cada vez era más transparente. 
 —¿Qué miras, marranote? ¿Te pongo? 
 —Tú dirás —contestó Max señalando cómo su pene de cristal empezaba a crecer—. Lástima que no tengamos tiempo para hacer una parada técnica. 
Mientras dejaban escapar un torrente de carcajadas, entraron en un claro del bosque donde un grupo de personas de cristal les esperaban. Se callaron cuando se dieron cuenta de que los cánticos habían comenzado. Entraron en el círculo, tomándose de la mano de sus compañeros, y unieron sus voces al rezo. En mitad del círculo había una roca, brillante y facetada, que parecía crecer y decrecer al ritmo de una luz que brillaba desde su interior. El volumen de los cantos fue creciendo y la luz que palpitaba en la roca empezó a hacerlo también en cada uno de los miembros del círculo. Cuando la luz se hizo tan brillante que todo el claro era un destello gigante donde no se podía distinguir a nada ni a nadie, Max notó que la mano de Toni se dejaba ir. Él mismo se notaba desvanecer y la luz fue menguando hasta que sólo quedó la oscuridad brillante que queda tras los párpados cerrados después de mirar fijamente el sol. 


 —Max, despierta. Joder, Max, que solo quedas tú durmiendo. 
Max abrió los ojos. Toni estaba en cuclillas a su lado. Ni rastro de los cristales. Se miró a sí mismo y vio que ya volvía a ser todo carne y hueso. 
 —¿Hace mucho que esperas? 
 —No, diez minutos como mucho. Me ha dado tiempo de despedirme de casi todos. 
 —¿Recuerdas cuando no teníamos tanta prisa y socializábamos un poco después de los encuentros? 
 —Bueno, la vida ahora es más estresante. 
 —Ya, pero no hace tantas décadas, hubiéramos traído comida y bebercio y bailaríamos y… y... 
 —¿Follaríamos? 
 —¡Pues sí, hostia! Un poco de comunidad, ¿no? 
 —Venga, vamos —Toni ayudó a su amigo a levantarse—. En un par de horas estaremos bailando en la disco y buscando jaleo. 
 —De la manera que conduces, cabe la posibilidad de que no lleguemos. 
 —Llegar, llegaremos, pero… 
—Conducir es una mierda —exclamaron ambos. 

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